En una sociedad capitalo-católica en la que debemos ser buenas y productivas por encima de cualquier otra cosa, es lógico que las expectativas que hayamos desarrollado en nosotras sean inalcanzables.

Te recuerdan constantemente lo grande que puedes ser y te animan a desarrollar tus fortalezas. Todo bien. Creo que quizás sería interesante también conocer tus debilidades para poder maniobrar sobre o alrededor de ellas, y entender con más facilidad por qué no llegamos a todo, por qué estamos cansadas, por qué perdemos motivación y energía, por qué nos sentimos tan asqueadas de la vida a veces, y por qué no, aceptarlo además.

¿Te animas con un ejercicio?

Permítete unos minutos de reflexión y pregúntate qué esperas de ti misma en cada aspecto de tu vida. Piensa en maternidad, pareja, familia, vida social, como amiga, en el trabajo, en tu camino de desarrollo personal, temas de salud y bienestar… desglosa cada aspecto tanto como quieras (si es familia, por ejemplo, puedes descomponerlo en tu relación con tus padres, con tu abuela, con tus hermanos… las dinámicas en Navidades, tu disponibilidad para cangurear o lo que se te ocurra) y añade, además, todos los aspectos emocionales y logísticos relacionados)

Ahora responde, ¿de verdad esperas de ti todo esto?¿ves lo absurdo que es lo que estás pidiendo de ti misma?

Repira un momento, respira.

La verdad es que no puedo culparte de tener todas estas expectativas. Por una cuestión psicosocial nos hemos convertido en un grupo minoritario, no únicamente a nivel de realidad laboral y de abuso sexual, también a nivel de desarrollo emocional. Estamos en bragas.

No nos dejaron jugar, ser niñas, experimentar, rasparnos las rodillas, meternos en peleas, cazar saltamontes y decidir si querer ser astronauta, bailarina o médico durante demasiado tiempo.

No acabábamos ni de cruzar el umbral de los diez años que ya nos levantaban la falda y entendimos que éramos vulnerables. Pronto nos llegaría la primera menstruación, con sus cambios físicos y sus dolores, su “¿se me nota?” y su “ahora eres una mujer”. ¿Una mujer a los 12? ¿En serio? ¡No me jodas, hombre!

Siéntate bien, no pegues a tu hermano, te vas a hacer daño, ¿has hecho la cama?, dale un beso a Mari, no seas tan borde, no toques, no digas, no hagas, ¿estas son las notas?, ¿a dónde vas? ¿con quién? a las 10 en casa, no me importa, porque yo lo digo, la verdura tiene hierro, no contestes, compórtate como una mujer que ya es hora…

No me extraña que hoy necesite estar corrigiéndome todo el tiempo y buscando, aunque sea de manera inconsciente, la aprobación ahí fuera.

Respiro.

No se puede. No se puede estar sentada bien todo el rato. Si mi hermano me levanta la falda le doy una colleja. Si me caigo del árbol aprenderé que así no se escala. Haré la cama si se me acompaña, no si se me ordena: que esto no es el ejército. No quiero darle un beso a la señora del quinto que huele a cigarrillos y halls. Un siete y medio es una buena nota. Cuanto más me preguntes dónde voy y con quién, más me esconderé para defenderme… defenderme… defenderme…

Hemos tocado hueso.

¿Y si todas estas ansias de perfección estuviesen conectadas, no sólo con la insuficiencia aprendida sino para que nos dejen en paz y ya que estamos podamos mirarles a todos por encima del hombro?

¿O quizás para que por fin mamá y papá digan “eres una buena chica, estoy orgulloso de ti”?

Tal vez lo único que queramos en que nos dejen en paz, que no nos levanten la falda, que no nos miren por encima del hombro, que no nos empujen ni nos tiren de la correa, que no somos putos perros, que nos dejen trepar un árbol con quien nos dé la santa gana y pasar más tiempo jugando y experimentando que haciendo ejercicios de matemáticas.

Aterricemos por un momento ¿me dejas?

¿Qué edad tienes?

Yo en dos semanas cumplo 41 y no hay yoga, meditación, libro de autoayuda, terapias psicológicas, cristalitos de colores o aceites esenciales que borren todo lo que aprendí sobre lo insuficiente que soy.

Sólo me tengo a mí y la capacidad de decir “hasta aquí”.

No puedo ser perfecta ni voy a intentarlo ¿te apuntas a la idea?

Tengo muy claras cuales son mis carencias y mis debilidades. Me ha costado años de autoescucha y observación ver por dónde brillo y por dónde no. También sé que en lugar de aceptarlas a menudo me enfado conmigo misma porque ¿cómo puede ser que no sea capaz de mantenerme firme en mi autocuidado, en mis proyectos, en mi calma mental, en mi comportamiento, en ponerme mona, en eso de fregar los platos antes de acostarme, en poner límites sanos sin sentir que soy lo peor….? Cada una tiene lo suyo.

Al final te das cuenta de que haces lo que sabes, no lo que puedes. Si sabes más haces mejor. A veces puedes más pero no quieres y todo bien. A veces puedes menos y aprietas un pelín por aquello de un bien mayor y también está bien a no ser que se convierta en patológico.

La física nos dice que cuando ejerces demasiada presión sobre un cuerpo, el cuerpo explota.

La dopamina nos ayuda a “echar palante”, a sentirnos campeonas, a cumplir con lo propuesto. Todo bien a no ser que esté ligado a la sensación de insuficiencia. Entonces nos volvemos adictas a tachar listas de tudús cada día, a subir seguidores en las redes, a generar más dinero, a meter más cursos en el carrito de la compra, a doblar ropa, comprar a granel para ser zero-waste, a ir a clase de yoga porque soy espiritual y me cuido…

No es lo que haces, es por qué lo haces.

A menudo todas estas cosas son una imposición. Como hacer la cama, sacar buenas notas, besar a la Mari y volver a las 10, ni un minuto más.

Nos revelamos contra nosotras mismas. No. Espera. Nos revelamos contra la cantinela mental que nos creemos propia y nos olvidamos de aceptar que no podemos con todo. Que para unas cosas somos buenas, para otras no, que unas cosas merece la pena trabajar pero otras no, que hay que hacer concesiones y tener las prioridades claras.

De algún modo hemos pasado de ser realistas a ser idealistas y Mr. Wonderful y el gurú de turno te dirán que así debe ser. Pero no. A veces sí, pero a menudo no, de nuevo, es importante conocer tus debilidades.

Si te levantas por la mañana y lo más importante es lo que tienes que hacer (más importante que el por qué lo haces y el cómo te sientes al hacerlo) poco a poco irás desconectando de lo que tu cuerpo, tu mente, tu alma, tu familia, tu salud y tu bienestar necesitan. Basta ya de jugar sin darnos ni cuenta a la mártir y al sacrificio, esto solo sirve para después culpar a otros por no esforzarse tanto como tú, por no hacer las cosas como tú, por no aplaudir tus esfuerzos. Basta.

Las responsabilidades están ahí, no quiero ser naïve, pero el látigo no debería ser la herramienta que uses contra ti ni contra los demás. Nuestras debilidades no son un fallo, simplemente son, igual que nuestras fortalezas. A menudo, la mayor de las debilidades es no poder aguantar al 100% todo el tiempo… ¿es acaso eso una debilidad?

Si los «deberías» de tu casa, tu salud, tus estudios, tu trabajo y tu familia te están quitando la calma, es imperativo que desde ya mires hacia dentro y veas hasta dónde puedes, de verdad, llegar. Aquí viene el arma de doble filo…

Siempre se puede hacer más ¿verdad? Siempre se puede sacrificar esto o aquello, hacer un esfuerzo extra, correr un poquito más rápido. Obvio que siempre se puede hacer más, pero «¿a costa de qué?» es la pregunta. A costa de nuestra calma, de nuestra satisfacción, de nuestro descanso, en última instancia de nuestra salud y nuestros objetivos que aún sabemos ni cuáles son por aquello de no parar ni un minuto ¿te suena?

Respira.

En ningún caso te estoy animando a que lo mandes todo al carajo, dejes la casa hecha unos zorros, abandones tu trabajo, le digas a tu pareja por dónde se puede meter sus comentarios, cortes por lo sano con tu madre o desaparezcas un mes. A lo que te invito es a que cada día te permitas no ser suficiente, porque eso es solo una idea en tu cabeza: ¿suficiente para quién, para qué?, digo yo.

Si de verdad estás llevando tus responsabilidades lo mejor que sabes, en tu motivación no está herir ni aprovecharte de nadie, si tienes unos objetivos que vas alcanzando de a poquito, si de vez en cuando debes dejar cosas sin hacer a favor de apagar algún fuego, y en el proceso te escuchas, observas la sombra de las voces machaconas sin sucumbir a ellas (ok, lo sé, es un proceso), si haces todo esto, querida, eres más que suficiente, eres excelente.

Aceptar las carencias, las incapacidades, los fallos, bajar las expectativas y las revoluciones, enraizar lo primordial y de vez en cuando lanzar sueños al vuelo a ver qué pasa, es un camino, es un trabajo diario al que puede costar enfrentarse porque hay una lista de tudús súper larga hoy y una carga emocional que no nos deja ver.

Te entiendo. Te acompaño. Respiramos juntas.

Siento no tener una solución sencilla. Lo fácil y apetecible no siempre es sano, a menudo lo usamos como válvula de escape. Patatas fritas y Netflix está bien si es para disfrutar, si es para desconectar de tu vida y mañana será otro día, volvemos a lo mismo ¿no te parece?

Además quizás todo esto que te cuento hoy te da rabia o no te resuena o te parece imposible. Está bien. Quizás ahora mismo lo es. No pasa nada. Respira al menos, respira.

Recuerda aquello de que los cuerpos bajo presión explotan e intenta, al menos, bajar tus expectativas sobre ti y sobre los otros. Hacer un pequeño esfuerzo en aceptar lo que puedes, lo que no puedes, lo que sabes, lo que no sabes, lo que quieres o no hacer, ser o sentir. Abrázate en silencio y respétate, por favor, por encima de todo, respétate.

Voy a dejar el texto aquí, un texto que ha salido a borbotones, con una mezcla de rabia, esperanza, reflexión y dudas, miles de dudas (ya sabes que para mí la escritura es terapéutica. La semana que viene te hablaré de hacer menos para conseguir más. Bajar el ritmo, que se puede, hablaremos de prioridades, foco, el maldito multitasking y la famosa paciencia.

Ojalá te apetezca contarme cómo te sientes, si algo de lo que he expuesto aquí hoy ha resonado contigo y si se te ocurre que puedes hacer ahora para bajar la presión que te has impuesto, soltar las expectativas de lo que deberías ser y comenzar a respetarte un poco más.

Te leo.

2 Comentarios

  1. Resueno con todo. Como si me leyeras la mente,vamos. No sé si te comenté alguna vez por IG que pensando el nombre de mi proyecto me vino lo de Slowlau (de Laura ;p),pero luego te conocí y ya no me parecía oportuno. Pero ahora que te leo y te releo ya sé por qué me vino ese nombre. Yo también soy de frenar en vez de acelerar,y hacerme consciente de mis limitaciones y debilidades es lo que está suponiendo un avance. Lento,pero avance al fin y al cabo. Enhorabuena por el artículo,por tus ritmos y por mantener a raya a esa tiranía de la productividad a pesar de ser de piñón fijo cuando te lo propones (yo en eso soy más del género disperso). Y vaya rollo que te he soltado,pero tú has lanzado la piedra primero! 😉 Un abrazo y Gracias!

    1. Hola preciosa,
      gracias por pasarte. Me alegra que coincidamos en tanto ¡hasta en el nombre!
      Yo también soy del género disperso, no te creas, de ahí que he necesitado enraizarme y crear sistemas que me ayuden a poder seguir con la cabeza con las nubes mientras mis pies siguen bien anclados.
      Un abrazo,
      Lou.

      lourdes

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